
La presidenta Claudia Sheinbaum aseguró que el Tren Interoceánico no se descarriló, sino que “se movió”. A juzgar por las imágenes, probablemente la locomotora solamente decidió acostarse un rato porque el incidente ocurrió muy noche.

Hay que reconocerlo: los mexicanos llevamos décadas utilizando incorrectamente el idioma. Durante años pensamos que cuando un tren abandonaba los rieles, quedaba inclinado junto a las vías y obligaba a suspender operaciones, eso se llamaba descarrilamiento. Pero no. Este jueves, desde Palacio Nacional, recibimos una importante actualización del diccionario ferroviario de la Cuarta Transformación.
La presidenta Claudia Sheinbaum aclaró que el Tren Interoceánico no se descarriló. Según explicó, los vagones “no cayeron completamente”, aunque sí reconoció que ocurrió un incidente que será investigado. Otros reportes señalan que el percance ocurrió la noche del martes 14 de julio, sobre la Línea Z, cerca de Asunción Ixtaltepec, Oaxaca, y que no dejó personas lesionadas.
Así que, para evitar difundir información imprecisa, en El Aguijón MX hemos decidido adoptar la terminología oficial: el tren no se salió de las vías, simplemente necesitaba estirar las ruedas.
Quizá estaba cansado.
Después de todo, ocurrió de noche y cualquiera necesita descansar después de una larga jornada. La locomotora pudo haber sentido sueño, buscó un lugar cómodo junto a los rieles y se recostó cuidadosamente sobre la grava. Los vagones, siempre solidarios, decidieron acompañarla en ese pequeño descanso nocturno.
Nada que ver con un descarrilamiento.
Un descarrilamiento sería algo mucho más grave, como que un tren dejara de circular correctamente sobre los rieles. Aquí solamente tenemos imágenes de una locomotora inclinada fuera de su posición normal, vagones desviados y maquinaria trabajando para retirarlos. Es completamente diferente porque, según la explicación presidencial, no terminaron de caerse.
La nueva definición abre posibilidades interesantes para la vida cotidiana. Si un automóvil se sale de la carretera, pero no termina completamente dentro del barranco, ya no sufrió un accidente: tuvo un evento automovilístico. Si alguien se cae de una escalera, pero alcanza a sujetarse del último escalón, tampoco se cayó: experimentó una transición corporal descendente.
Y si un proyecto público presenta fallas visibles, costosas y repetidas, seguramente no está funcionando mal. Solo atraviesa una etapa de “ajuste operativo”.
El problema no está únicamente en la elección de palabras. Después del grave descarrilamiento ocurrido en diciembre de 2025 en la misma región, que dejó 14 personas fallecidas y más de cien lesionadas, cualquier nuevo incidente relacionado con el Tren Interoceánico exige claridad, investigación y una explicación técnica seria.
Sin embargo, antes de conocer las causas del nuevo percance, la prioridad pareció ser discutir cómo debía llamarse.
Puede ser cierto que este incidente no tuvo las mismas características ni la misma gravedad que el accidente anterior. También es importante precisar que se trataba de un tren de carga y que, de acuerdo con los reportes oficiales, no hubo personas heridas. Pero reducir el debate a si los vagones “cayeron completamente” equivale a intentar corregir la realidad mediante semántica.
Un tren no necesita terminar destruido en el fondo de un barranco para que resulte legítimo preguntar por qué abandonó su trayectoria, cuál era el estado de las vías, qué velocidad llevaba, quién supervisaba la operación y qué medidas impedirán que vuelva a suceder.
Por ahora, las autoridades anunciaron una investigación técnica y aseguraron que el incidente no afectará la futura reactivación del servicio de pasajeros.
Mientras llegan esas respuestas, debemos respetar la versión oficial: el Tren Interoceánico no se descarriló.
Solamente tuvo sueño, se salió un poquito de los rieles y tomó una siesta sobre la grava.
Afortunadamente, ningún vagón cayó completamente. Porque, al parecer, en México los accidentes no dependen de lo que sucede, sino de hasta dónde alcanzan a caer.
